LA ALMOHADA
Está sentada en el taburete de la cocina. Se enciende un cigarrillo. Se le pierde la mirada, y la recupera para tornarla triste.
Se pregunta si le gusta sentirse triste.
Escucha una canción de Yan Tiersen. La pone otra vez desde el principio. Las primeras notas son especialmente desgarradoras. Cierra los ojos.
En la tristeza, la soledad y el dolor encuentra un placer que no le asusta, sino que le permite seguir viviendo.
Un bálsamo a su culpabilidad.
A su alrededor, ocho hojas arrancadas.
Dos vasos de café.
Unas tijeras.
Y sus perros.
Todas las hojas con el mismo texto escrito
Nómadas
“ Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos…”
Julio Cortázar, Rayuela.
Nuestra existencia es itinerante. Desde el aire que entra en nuestras vías respiratorias en un camino cotidiano e infinito, hasta el pensamiento, ajeno a la quietud, sediento de nuevos descubrimientos.
Somos un camino. A través de los espacios que llenamos… y vaciamos, con nuestra ausencia. A través de los corazones, los recuerdos, las mentes y los sentimientos. Lugares, ciudades, personas… Nada es insensible a nuestro paso, y tampoco nosotros podemos serlo. Este paso de nómada, marcado por la vida y por el tiempo.
El mundo, palpitante arquitectura de caminos que se entrecruzan, apenas sin saberlo. Paradas en común, direcciones paralelas que de pronto se encuentran. Caminos que se vuelven uno, un camino que se bifurca… pero siempre presente una certeza: la vida sin camino carece de sentido.
Vivimos intentando decidir nuestro camino, sin saber, que cada aliento es un paso que lo está trazando.
Somos nómadas sin ser conscientes de serlo. La vida es una búsqueda, que se resuelve con el movimiento.
Nuestro movimiento son los años, los días, los segundos…
Y nuestro único destino, la muerte.
Una introducción que escribió para un libro que no llegó a publicarse. Él, un amigo, del que una vez se había enamorado.
Pero al igual que el libro, un amor que nunca llegó a compartirse.
Cuando se despertó esa mañana, se sentó en el taburete de la cocina, se sirvió un café y se sentó delante del ordenador.
Estuvo allí sentada sin saber cuánto tiempo pasaba.
Pensando en la noche anterior.
Pensando en la conversación atípica que compartió con sus amigos.
Una conversación seria y honesta. Desnuda… o en la que se desnudaron.
No solían hablar de sus miedos ni desilusiones.
Sobre todo ella.
Le costaba mucho abandonar su perenne sonrisa, declarar que su fortaleza se había derrumbado hace mucho… confesar su soledad.
Cuando era pequeña lloraba mucho.
Después, a partir de los 20 años, las lágrimas eran cada vez más escasas. Y la pena mayor.
Los dos años que llevaba en Madrid, habían vuelto sus emociones infértiles de cara a los demás.
Sólo lloró dos veces. Cuando supo que su tío tenía un cáncer terminal y cuando pensaba en su padre.
Se había mentalizado tan militarmente de que la experiencia de vivir en Madrid iba a ser dura, que sin darse cuenta, se convirtió en una mujer de hierro frente a los que la rodeaban… a veces, incluso se preguntaba si todavía conservaba la capacidad de
amar.
No hay mayor evidencia que el autoengaño
Porque la verdad era que su anhelo de querer y compartir era tan grande que cada vez que se sentía protegida en su soledad, alejada de sus amigos y compañeros de trabajo, fantaseaba con otra vida.
Una vida en la que no tuviese que ir sola al supermercado cada sábado por la mañana. En la que los demás dueños de los perros del parque le preguntasen por él, y cómo es que no la había acompañado hoy.
Una vida en la que no pudiese ir a cenar con sus amigos porque esa noche ella y él tenían un compromiso.
Una vida.
Relee una de las frases de una de las hojas. Nada es insensible a nuestro paso, y tampoco nosotros podemos serlo. Y sonríe amargamente. Su paso es imperceptible. Excepto para sus perros.
Mira por la ventana.
La luz de otoño es dorada y cálida, pequeñas partículas de luz de mediodía corretean en el rayo solar que se posa sobre el parqué y la tecla de re-llamada del teléfono que está en el suelo.
Porque ya es mediodía y ella ni siquiera se había dado cuenta.
Debería hacer una llamada.
Se levanta despegando las bragas de encaje negro del taburete.
Desde la cocina puede ver la cama. Una imagen de ella y él haciendo el amor.
Despierta de su letargo, evocando el familiar deseo.
Estaba apoyada en la barra de la cocina intentando coger su ordenador.
El tacto de una mano curtida y sabia que se deslizaba bajo su vestido.
Un escalofrío recorriendo toda su piel.
El humedecimiento.
Saber que inmediatamente después, la otra la agarraría de un movimiento seco y decidido de la cintura.
Manos que no aceptaban una negativa.
A ella, eso le gustaba.
La mano de la cintura se apresuraba hasta el cuello por debajo del algodón,.
La característica ansiedad firme del agarre.
Apresada en un tornado de boca, mano, músculo y tela.
La voz dulce de hombre en su oido.
En todo su cuerpo.
Donde todo se unifica, en un mismo movimiento.
Sometida. Entregada al placer de un día caluroso y húmedo de Texas.
La barra de la cocina contra su tatuaje de niña buena, amor que amorata todo su cuerpo.
El teléfono, non grato, interrumpe su encuentro con el pasado.
Levanta la vista y ve cómo se asoma al balcón de enfrente su vecina dominicana. Piernas rollizas, blancas y celulilíticas la sostienen terminando en una minifalda vaquera mientras la mujer se santigua. Mira la calle con desconfianza y entra en su habitación.
El teléfono exhala su último aliento… la habitación inundada de nuevo por el silencio.
Decide que es hora de continuar con los preparativos, por si acaso.
Está de pie en el umbral de la puerta de su habitación. El perro de manchas, su pointer, Darko, le lame la pierna. Sus ojos derramando devoción y lealtad. Ella le devuelve el gesto y le acaricia la cabeza dándole un beso en el cogote. Dirigiéndose después a Dallas, el cachorro lanudo, repitiendo el mismo mimo.
En el suelo de la habitación, al lado del galán dorado que pertenecía a su abuela norteamericana, hay una maleta. La observa detenidamente. Sus movimientos son lentos, sus ojos denotan indecisión y agotamiento. Mechones castaños y ondulados invaden su cara. Ella no se molesta en apartarlos.
Empieza a caminar hacia el armario y coge un vestido negro. Se mira en el espejo mientras lo aprieta contra su cuerpo, observándose. Satisfacción en sus ojos hacia la imagen que le devuelve el cristal imantado. Ojalá pudiera verme ahora, así, aquí… piensa ella.
Lo echa en la maleta junto con un par de vestidos más y otras piezas de ropa. Siempre, todo negro, todo corto y todo nuevo.
Calor. Mucho calor. Su cuerpo pesa, pero ni una décima parte de lo que le pesa la conciencia.
Mira a Darko y a Dallas, su expresión se tiñe de culpabilidad espesa y yerma. Todavía le cuesta creer que es posible que no vuelva a verlos.
Le cuesta creer cada una de las decisiones que toma desde los últimos tres días. La vida debería ser una habitación de alquiler. Sin anclajes. Sin responsabilidades.
Nos comprometemos en busca de la felicidad. Con un trabajo, con nuestros amigos, con mascotas que nos acompañan… ella sueña con una vida de usar y tirar que no la obligue a sentirse culpable.
Coge dos libros de la estantería del salón, las barbies que están encima de la nevera, el neceser y cierra la maleta.
Se abrocha el sujetador y desliza un vestido negro sobre su cuerpo. Se ata los zapatos. Quiere darles un último paseo por el parque.
El calor, la culpa, la pena. Cadenas. Cadenas que paralizan su mente y cuerpo.
Veo como desaparece por la puerta del baño y llamo al servicio del hotel para que me cambien la almohada mojada por una seca . Escondo la cámara y el trípode en el cajón de la cómoda. No quiero que piensen que han dado alojamiento a alguien raro.
Debería ir antes de que salga de la casa. Seguramente tarde todavía unos 15 minutos en irse. Volverá a cambiarse de ropa y de peinado. Se mirará delante del espejo detenida y sedientamente. Y entonces, saldrá.
Repaso todas los cd’s que tengo guardados en la caja de cartón que está escondida el armario.
Un año. Un año de vida. De su vida. Del objetivo de la cámara a mis manos.
Me acuerdo de la primera vez que la vi. Sola, como casi siempre. Ausente y vulnerable paseando a sus perros por la calle que separa su edificio de mi hotel.
Era atractiva y alta. Enormes ojos marrones. Siempre de negro. De negro, enseñando las piernas… y su tatuaje.
Hay muchas mujeres guapas. No fue su físico lo que me obsesionó.
Al principio, me cautivó cómo le hablaba a sus perros. Su dulzura, los motes que le
ponía, las bromas que les hacía y cómo se reía con ellos. Darko, yo que tú, me comportaba, que ya sabes que estás nominado para volver a la perrera. Y se reía a carcajada limpia comiéndolo a besos. Disfrutaba paseándolos, el tiempo que les dedicaba. Era sincera y llena de amor. Un amor tan necesitado y desesperado… completamente entregado a ellos.
Siempre que jugaba a idealizar a la mujer de mi vida, a la madre de mis hijos, había soñado con que sería así.
Me gustaba su firmeza. Su valentía. Nunca perdía la dulzura acompañada de una sonrisa triste.
Le gustaba hablar con las putas de la calle. No era morbo. Era tristeza lo que la empujaba a ellas. Siempre las saludaba sonriendo, les preguntaba sus nombres, de dónde eran… le gustaba escucharlas y ver cómo jugaban con los perros.
Cuando las dejaba atrás para continuar con el paseo, podía sentir como secretamente quería quedarse con ellas, escuchándolas, intentando decirles que no las juzgaba, que nada le impediría sentir afecto por ellas.
Cuando retomaba el paso y seguía su camino por los adoquines pervertidos de Loreto y Chicote, volvía la vista atrás hacia ellas, tímidamente, anhelando algo en secreto.
La encontré un 7 de Octubre. Había pasado un año desde aquel día. Un año en mi suite del hotel, no haciendo otra cosa más que espiarla y grabarla con mi cámara. Alguna vez me planteaba a dónde me llevaría mi obsesión. Pero no obtenía respuesta, simplemente sentía la necesidad de robar cada momento de su vida y apropiarme de él. Mi vida era la suya. Desde mi habitación la vida transcurría y me llevaba a dónde
ella fuese. Nos movíamos juntos, sin que ella, ni nadie más, fuese partícipe.
Sin embargo, jamás vi un atisbo de enfermedad en mi comportamiento.
El 8 de Octubre llamé por teléfono a mi mujer y le dije que no volvería a casa. Era un matrimonio caduco desde hacía años. Nos llevábamos bien, pero ni siquiera sentíamos amor el uno hacia el otro. Pasábamos muy poco tiempo juntos, y cuando coincidíamos, era agradable estar cerca de alguien que conociera cada uno de las habitaciones de mi alma, alguien que supiera en cuáles debía entrar y cuáles debía dejar cerradas.
Cuando era más joven me había prometido a mí mismo que no me conformaría con una vida que no me apasionara…. La vida junto a Eva, mi mujer, era un devenir de días soportables, respetuosos y familiares. Llevábamos 4 años casados, no teníamos hijos y los dos éramos relativamente jóvenes. Nunca antes había pensado en separarme de ella. Pero, la vida es un arrebato que no se repite.
Fue suficiente la necesidad asfixiante que sentí aquel 7 de Octubre de saber quién era ella, para dejarme llevar por un impulso largamente anunciado.
Cumplí con mis responsabilidades, tanto hacia mí como hacia Eva. Seguí ayudándola económicamente para que no tuviese que dejar la fotografía por un trabajo más estable. Y yo, me di una segunda oportunidad para cumplir la promesa que me había hecho de joven.
Me estaba bajando del taxi que me trajo del aeropuerto al hotel cuando la vi.
Bajaba la calle en dirección a donde estaba estacionado el taxi.
Se movía despacio. Ausente. Mirando atrás de cuando en cuando asegurándose de que le seguían sus perros. Les sonreía y llamaba con palabras inventadas, intercalando su voz suave y aterciopelada con silbidos de niña.
Su edad debía rondar los 25 años, alguno más.
Observaba la calle detenidamente.
Sus movimientos, a pesar de la lentitud, eran decididos. Exhalaba seguridad. Cada vez que se cruzaba con un hombre, su actitud se volvía provocadora y desafiante, alejando de antemano la idea de acercarse a ella o piropearla.
Mis ojos se cruzaron con los suyos, me miro fijamente hasta que un inesperado golpe de timidez le hizo apartarlos.
No obstante, se miraron el tiempo suficiente para que yo percibiera el grito de dolor ahogado que intentaba esconder tras una mirada férrea.
Subí a la habitación de mi hotel desorientado y agitado. Necesitaba más gestos, más movimientos, más. La había visto de forma vaga. Quería detalles de su cuerpo, descubrir el tamaño de sus pechos y sus caderas. La forma de sus piernas, su cuello. Sus labios.
Aparté las cortinas para poder ver la calle en un intento desesperado de encontrarla.
Y la encontré, su balcón, un piso por debajo de mi ventana en el edificio de enfrente.
Estaba sentada de espaldas a mí, en el suelo de lo que parecía un salón. Podía ver unos pies masculinos asomándose de alguien que debía estar sentado en un rincón de la habitación.
Alargó la mano y empezó a acariciar el dedo gordo del pie del desconocido.
Su cuerpo empezó a acompasarse al ritmo de la caricia. Hasta que lentamente su espalda se arqueó doblándose hacia el pie. Acercando su boca al dedo. Y empezó a chuparlo. Ella desapareció secuestrada por una mano, que incitada por el dedo gordo, sentía la irrsesistible perversión de sentir no sólo su boca sino el resto de su cuerpo.
Cuando aquella noche la luna se asomaba tras la cortina de civilización del cielo capital, vi como un hombre alto y esbelto se escapaba de la noche… y de su vida.
Ese fue el principio de mi vida por ella… y el final de una de las suyas.
Un año.
Un año en el que veía como se marchitaba sin que el mundo pudiera siquiera presentirlo.
Un año en el que a través de la ventana de su apartamento su debilidad oscurecía cada vez con mayor hegemonía la luz de las paredes blancas de su apartamento, dónde las fotos colgadas de las paredes eran yugos que doblegaban su cuerpo.
Cuánto mayor era su tristeza, mayor era el abrigo de fortaleza que se ponía sobre su vestido negro cada vez que salía a la calle.
Pero ahora ya no llevaba abrigo. Dejaba que los días la sorprendieran desnuda. Estuviese donde estuviese. No se preocupaba por ocultar la miseria que empapaba su alma.
La inundación era tan violenta que llegó hasta mi habitación.
Mientras me asaltaba la duermevela, recordé una frase que había escuchado a un minero en el funeral de su hija. Nada seca tan rápido como una lágrima.
Y mientras pequeños sollozos acunaban mi alma, soñé con decírsela y explicarle su significado, con regalarle el poder de entender que incluso la muerte de una hija de 15 años puede superarse.
Aquella mañana de domingo se despertó sobresaltada por el ladrido de sus perros y el timbre de la puerta. Miró a su alrededor durante mucho tiempo, inmóvil en la cama. Miró un cuarto que había sido habitación, un colchón que había sido lecho, se miró en el espejo y vio a una mujer que había olvidado de lo que había sido, pero no su pasado.
El timbre.
Se asomó al balcón olvidándose de que estaba en bragas. En la puerta había un chico marroquí de apenas 17 años con un paquete de medidas descomunales luchando contra la fuerza de sus manos.
Le preguntó si era Berenice.
-Pues entonces este paquete es para usted – gritaba con el aliento entrecortado por el esfuerzo – Ábrame y se lo subo, que pesa demasiado para que baje a buscarlo -
Se sentó en su sofá blanco mientras sus manos sujetaban una taza de café de la mañana anterior.
La caja casi ocupaba la mitad de su diminuto salón, se preguntó cómo demonios podría el chico haberlo traído hasta ahí él solo.
La caja envuelta neuróticamente en cinta de embalaje.
Le dio pereza cortarla.
Para qué.
Para nada.
Mientras acercaba a sus labios la taza de café se fijó que aprisionada entre la cinta había un sobre que ponía su nombre. Su nombre escrito con una letra preciosa.
Se levantó para coger unas tijeras y se arrodilló frente a la caja para liberar el sobre.
Dentro del sobre había un folio de papel con el nombre del hotel que había enfrente de su casa impreso en el borde derecho inferior.
Escritas con la letra tan hermosa que había escrito su nombre, cinco palabras, que leyó despacito, una por una. Cinco lágrimas que resbalaron por su mejilla. Cinco lágrimas que apenas cayeron, se secaron…
Prométeme que pase el tiempo que pase, cuando vuelva te encontraré caminando.
Desde la ventana de la habitación del hotel que durante un año había sido el techo que protegía mi vida, vi como Berenice, ausente, releyendo mis palabras mentalmente cortaba la cinta con las tijeras. Cada golpe de tijera más valiente que el anterior.
Y con cada golpe un aliento.
Con cada aliento una palabra, que susurraba y se repetía.
Un aliento que se entrecortó al ver ante ella cientos de cd’s.
Cada uno con una fecha escrita por mi letra. 365 días.
Y 365 noches en la que empapaba de lágrimas mi almohada mientras la veía dormir abrazada a su almohada. Un abrazo destructor que en el subconsciente del sueño luchaba para borrar su pasado y recuperar su vida.
Mientras llamaba al servicio del hotel para que recogieran las maletas que había terminado de hacer la noche anterior, me asomé una vez más a la ventana del hotel y robé su última imagen antes de emprender mi camino al taxi.
Por despiste, Alex salió de casa sin paraguas y se mojó cuando salía del trabajo. Al igual que, por despiste, llegaba la noche y se había pasado el día sin hacer nada más que trabajar. También por despiste competía con sus amigos y a veces les hería.
Y por despiste, había dejado que su inseguridad conquistara su vida, gobernando cada uno de sus actos.
Pero todas las personas que rodeaban a Alex, aceptaban su despiste como una parte entrañable de su magnética personalidad. Porque, otra vez por despiste, y éste era el despiste mayor de todos, Alex se había olvidado de la persona tan especial que era, y el efecto que causaba en los demás. Sin embargo los demás jamás se olvidaban de que era singular y les gustaba contar con ella, fuera cual fuera el plan que se traían entre manos. Pero, una vez más, por despiste, no se sentía importante para nadie.
Incluso en una lluviosa noche pre-invernal como la de esa noche a Alex le gustaba mirar por las ventanas de los edificios que custodiaban las aceras que la llevaban a casa. Una ventana puede revelar mucho más de una vida que el trato cotidiano, la amistad e incluso el amor.
Porque, si por algo se caracterizaban las ventanas, era que a través de ellas, el que es observado sin saberlo, no puede despistar a quien le observa para que no descubra quien es.
Ella misma se ponía de ejemplo de su teoría, sus compañeros del trabajo jamás se imaginarían que su vida privada era realmente como era, al igual que quien la viese por la calle nunca diría de ella que era la típica cooperante y asalariada del estado. Mientras que sus amigos sólo conocían una parte de ella y si alguno conociera sus anhelos más secretos e ilusiones se reirían o la despreciarían, al menos esa era su creencia.
Sin embargo, si todos ellos se juntasen frente a su ventana, amigos, compañeros y transeúntes… descubrirían en muy poco tiempo quién era realmente esa mujer de corona azabache, pecas y porcelana.
Porcelana frágil. Llena de grietas. Balanceándose al borde del escalón de un rascacielos.
Frágil como Francesca Goodman.
Como Ana Karenina.
Fragilidad hecha resistente por el tiempo a cualquier tipo de protección.
libertad.
1. f. Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.
2. f. Estado o condición de quien no es esclavo.
3. f. Estado de quien no está preso.
4. f. Falta de sujeción y subordinación. A los jóvenes los pierde la libertad.
5. f. Facultad que se disfruta en las naciones bien gobernadas de hacer y decir cuanto no se oponga a las leyes ni a las buenas costumbres.
6. f. Prerrogativa, privilegio, licencia. U. m. en pl.
7. f. Condición de las personas no obligadas por su estado al cumplimiento de ciertos deberes.
8. f. Contravención desenfrenada de las leyes y buenas costumbres.
9. f. Licencia u osada familiaridad. Me tomo la libertad de escribir esta carta. Eso es tomarse demasiada libertad. En pl., u. en sent. peyor.
10. f. Exención de etiquetas. En la corte hay más libertad en el trato; en los pueblos se pasea con libertad.
11. f. Desembarazo, franqueza. Para ser tan niña, se presenta con mucha libertad.
12. f. Facilidad, soltura, disposición natural para hacer algo con destreza. Algunos pintores tienen libertad de pincel. Ciertos grabadores tienen libertad de buril.
Y sin embargo, después de leer artículos como éste del país “Autolesión, el último grito en Youtube” una tiene sus dudas sobre sí la censura en algunos casos es necesaria.
¿Es nuestra sociedad el resultado de un exceso de libertad? ¿Hemos confundido la libertad con la ausencia de valores? No hay más que ver la parrilla televisiva; un reality show sobre pijos que se gastan 15.000 euros en una tarde de compras, niños que tiene a sus padres atemorizados, enfermos que comparten sus delirios libremente en internet… Siempre he estado a favor de la libertad. La libertad de decidir y elegir. La legalización de las drogas, la libertad de expresión, la libertad como forma de vida, pero hace tiempo que pienso que tal vez, la libertad sea igualable a la potencia y cómo decía ese viejo eslogan de Pirelli “La potencia sin control no sirve de nada”.
Estamos en la era de la libertad sin control. Los hijos de nuestra generación viven expuestos a un chorro de pseudo-libertad sin que alguien les ayude a entenderlo. Cuando un niño ve un vídeo de una persona auto-lesionándose, pueden pasar demasiadas cosas por su cabeza, y seguramente la mayoría de ellas no sepa interpretarlas; en primer lugar porque seguramente esté viéndolo sólo; y en segundo lugar porque su única interpretación serán los comentarios escritos debajo del vídeo en Youtube. Y lo más paradójico es que él crecerá creyendo que su derecho a la libertad es poder, por ejemplo, ver esto cuando quiera, pero nunca relacionará su derecho a la libertad con cosas como su derecho a ser feliz o sentirse realizado. ¿Somos así las generaciones que construimos el futuro?
El concepto de libertad se mal-interpreta. Los medios de comunicación siguen sin ejercer la libertad de expresión, pero la suplen con noticias y contenidos sensacionalistas que dan una falsa sensación de que se puede hablar de cualquier cosa. Wikileaks probablemente sea el primer paso hacia una verdadera libertad (de información). Pero aún así, esta libertad está a un segundo paso de lo que realmente nos libera como seres humanos.
Dejando la libertad de información y de masas, si volvemos a una perspectiva individual y lo analizamos bien, somos menos libres que nunca: la falta de trabajo nos obliga a esclavizarnos ante el único postor. La falta de tiempo, a conformarnos con una vida cada vez más lejana de lo humano, de lo natural. La presión social, nos obliga a adoptar una estética y unos gustos en los que seguramente no creemos: si nos cambiamos de ciudad, cambiamos de aspecto y de gustos musicales; si cambiamos de trabajo… cambiamos de pareja. Y sin embargo, cada vez compartimos un sentimiento mayor de libertad: todos podemos casarnos al margen de nuestra orientación sexual, todos podemos ir con tatuajes a trabajar, el desinterés por la cultura no es negativo y ser inculto es indiferente… Todo esto está muy bien, pero parte de un error de formulación inicial bastante importante: estas nuevas libertades que nos concede la sociedad moderna, no es libertad, sino respeto, algo que debería haber sido fundamental hace mucho tiempo. Pero no tiene nada que ver con la libertad. La libertad es la 1. f. Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. o bien 5. f. Facultad que se disfruta en las naciones bien gobernadas de hacer y decir cuanto no se oponga a las leyes ni a las buenas costumbres. Y ahora, teniendo esto en cuenta, ¿Cuántos de nosotros somos libres para pasar el tiempo realmente necesario junto a las personas que queremos? ¿A vivir de lo que nos apasiona, o con menos ambición, de lo que hemos estudiado? ¿De actuar sin miedo a no encajar? ¿Libres para anteponer nuestras prioridades a todo lo demás? ¿Libres para no relacionarnos con personas a las que detestamos? ¿Libres para denunciar injusticias cotidianas?¿Follamos libremente o de forma instrumental? ¿Sentimos de forma libre? Y tantas otras preguntas que pueden sintetizarse en una sola, ¿Hemos conquistado la libertad que nos permite estar lo más cerca posible de la felicidad? o dicho de otra forma, ¿Alguna vez nos damos cuenta de que es precisamente la falta de libertad individual lo que hace que esta sociedad sea una masa ingente de seres miserables? Desgraciadamente me temo que estamos demasiado distraídos por otras cosas como para darnos cuenta de que lo que falla en esta sociedad está en su parte más atómica, el indivíduo.
La libertad fuera de uno mismo no tiene sentido.
Me sorprende lo poco valorada que está la libertad individual, que por cierto, está mucho más cerca de la autenticidad y la bondad que otras virtudes… y también del éxito.
A lo largo de los años, me he dado cuenta de que todas las personas a las que admiro, estén muertos o vivos, fueron libres:
Oscar Wilde, Alberto García-Alix, mi padre, y tantas personas más que, al igual que ellos, en su búsqueda por su propia libertad e individuales se encontraron, sin querer, con el éxito.
Aquí seguramente radica la diferencia entre ese tipo de fama que termina siendo inmortal y la fama que no dura más de 5 décadas antes de perderse en el olvido. O lo que en otras palabras, pero con mucho más valor, se traduce en admiración. ¿Qué persigue el ser humano, la fama o la admiración?
Si es la admiración, sea cual sea la virtud por la que se le admira, posiblemente la libertad individual sea la forma de alcanzarla. La autenticidad, lo genuino… el respeto a los ideales de uno mismo.
Como decía Arturo Graf “La libertad sin ideales, es más dañina que provechosa” ideales entendidos como aquello que sólo puede existir en el pensamiento, de carácter estrictamente personal e intransferible.
Si tuviésemos que resumir el siguiente discurso de Steve Jobs a los alumnos recién graduados de Stanford en dos frases, serían éstas: “Sed libres” y una vez que lo consigáis “Stay hungry. Stay foolish” (seguid hambrientos y locos).
Y después de esto, vuelvo a preguntar, ¿por qué la libertad tiene límites?
Porque somos nosotros quienes se las ponemos.
“One question, Joey”, his mother said on the telephone, during the weeks when he and Connie were housesitting for his aunt Abigail. “Am I allowed one question?”
“Depends on what it is”, Joey said.
“Are you and Connie having any fights?”
“Momo, no, I’m not going to talk about this.”
“You may be curious why that’s the one question I’m asking. Maybe you’re a tiny bit curious?”
“Nope.”
“It’s because you should be having fights, and there’s something wrong if you’re not.”
“Yeah, by that definition, you and dad must be doing everything right.”
“ha-ha-ha! That’s really hilarious, Joey.”
“Why should I have fights? People have fights when they don’t get along.”
“No, people have fights when they love each other but still have actual complete personalities and are living in the real world. Obviously, i’m not saying it’s good to fight excessively.”
“No, just exactly enough. I get it.”
“If you’re never having fights , you need to ask yourself why not, is all I’m saying. Ask yourself , where is the fantasy residing?”
Extracto de Freedom de Jonathan Franzen



















